Hong Kong: iPhones, iPads, “I’s”

por Sebastián Castillo
Llegué a HK hace unos 3 días. Sin embargo, creo que he tenido tiempo de hacerme una idea acerca de ciertos denominadores comunes entre su gente. Me refiero al ciudadano “medio”, el que va en el metro. No necesariamente el que va en su Land Rover o Ferrari (que también los hay hartos). No sé cómo serán las vidas de los ricos aquí (aunque debiera decir “los ultra ricos”, porque en realidad acá todos son ricos, pero la vida es tan cara, que vuelven a ser, en últimas, ciudadanos medios).
Sobre los ciudadanos medios: me sorprende el nivel de individualismo que percibo. Cuando uno les pide ayuda para saber dónde queda una dirección, por ejemplo, mágicamente ninguno sabe, a pesar de que muchas veces finalmente te das cuenta de que la persona trabajaba al lado de la calle que estabas buscando. Siguen caminando apurados, o atendiendo al siguiente cliente, si es que se trata de un cajero en una tienda. No hay tiempo que perder; el tiempo es plata.
Sorprende también el nivel de dependencia del smartphone. Esto sí que es impresionante, en todas las edades, desde el más joven hasta los viejos. No se despegan, ni cuando comen, ni cuando caminan. Son muchos los que andan con el smartphone conectado a una batería externa, dado que para ese entonces ya gastaron toda la del celular. De hecho, varias veces me han chocado caminando en la calle, porque no van mirando hacia adelante, sino que van mirando su smartphone, con una cara de tensión importante, realmente absortos en la serie que están viendo, o el juego tipo Angry Birds que están jugando (es impresionante el nivel de penetración que tiene ese tipo de juegos por acá). Parece que realmente las notificaciones y los estímulos inmediatos los tienen esclavizados.
Lo otro que parece esclavizarlos en cierta forma es el consumo, el marketing del que son presa. Consumen datos, consumen ropa cara, relojes, caminan rápido, porque tienen que trabajar y el poco tiempo del que disponen deben usarlo para consumir.
Lo anterior ha forjado en mí un ícono de la enajenación: el ciudadano de Hong Kong. Realmente uno los mira y parece que están sujetos a tantos estímulos, presa de una bipolaridad continua entre estrés y agitación, que no tienen ni un segundo para estar tranquilos, para preguntarse el por qué. Es como Singapur, pero todo lo mencionado está más acentuado, y además acá hay tanta gente que no hay espacio ni para sentarse, literalmente: a veces estoy dentro de un mall y busco una silla o sillón para sentarme, pero no los hay: todo son tiendas, ultra lujosas. Y si quieres sentarte, tienes que pagar un café o té en algún lado.
Impresionante es el contraste con Indonesia, donde estuve durante un mes justo antes de venir acá. Allá, la gente es pobre, pero es impresionantemente alegre. Todo lo contrario de acá, donde uno le habla a la gente y te responden con un ladrido. La cultura de Indonesia es pobre, inculta, ignorante, pero sencilla, alegre, risueña. Siempre dispuestos a ayudarte, los indonesios están siempre ahí, alegres, sonriendo.
Esto son solo impresiones. Probablemente me equivoco mucho. Pero, precisamente, por eso lo llamo impresiones: son primeras representaciones mentales, que pueden ser correctas o no.
Siento verdadera pena por los habitantes de este territorio multimillonario. Porque realmente no se ven felices, y aunque quisieran irse a vivir a otra parte, siempre es difícil, sobre todo para gente que ha sido criada con un sentido del éxito tan arraigado: hay expectativas que cumplir, hay plata que ganar, y probablemente una familia y amigos a los que seguir viendo. Qué suerte tenemos de vivir en Chile.
Sin embargo, también hay cosas rescatables, por supuesto. El nivel de avance tecnológico es extraordinario, así como también el transporte público. La gente es ordenada y mantiene la ciudad limpia. Además, a pesar del estereotipo que tenemos formado en la cabeza, Hong Kong en realidad está conformado en un 70% u 80% por áreas verdes. Hay pequeños cerros que pueden subirse fácilmente y que ofrecen una vista extraordinaria. También hay playa, y los cafés, restoranes y discotecas son de altísima calidad, si bien la mayoría de ellos no es adecuado para un presupuesto de mochilero. El nivel de eficiencia de todo es admirable, por lo que en muchos sentidos HK es un ejemplo a seguir en el camino hacia el desarrollo, tanto por sus virtudes como por sus defectos, siendo el principal de estos últimos el estilo de vida excesivamente trabajólico de los locales. Quizá no sea el mejor lugar para vivir, pero de todas maneras vale la pena darse una vuelta.

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